Compañeras, compañeros:
Si hace 13 años, a finales de 2013, cuando empezamos a gestar todo esto en las paradas del aeropuerto y en las calles de Barcelona, alguien nos hubiera dicho todo lo que íbamos a lograr, probablemente nos habrían llamado locos. Nacimos en el asfalto, impulsados por la rabia y la más absoluta desesperación al ver cómo multinacionales tecnológicas y fondos buitre venían a arrebatarnos nuestro medio de vida, el futuro de nuestras familias y un servicio público histórico.
Éramos el David contra el Goliat de la «uberización».
A lo largo de estos 13 años, hemos protagonizado una transformación sin precedentes.
Entendimos muy pronto que para ganar esta guerra no bastaba con nuestra capacidad de paralizar la Gran Vía, el Aeropuerto o el Mobile World Congress.
Teníamos que aprender el lenguaje del poder sin dejarnos absorber por él. Pasamos de recaudar para megáfonos a financiar batallas legales que han llegado hasta el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Llevamos nuestra lucha desde las asambleas a pie de calle hasta los despachos de Bruselas, los ministerios y la Generalitat.
Nos hemos convertido en un muro de contención legislativo y en uno de los lobbies sociales más fuertes de Europa, redactando leyes y demostrando que la clase trabajadora también puede doblegar al algoritmo si se organiza.
Lo hicimos sin convertirnos en lo que tanto criticábamos. Nos sentamos en las mesas de negociación y nos pusimos el traje cuando fue necesario, pero jamás soltamos el botón nuclear de la movilización.
Nunca cambiamos de bando, solo aprendimos a combatir en todos los frentes.
Sin embargo, escribir esto hoy me obliga a mirar hacia atrás y reconocer la otra cara de esta victoria: el precio personal y humano que esta lucha nos ha cobrado.
Detrás de cada huelga desconvocada en el último minuto, de cada decreto aprobado de madrugada y de cada sentencia histórica, hay un nivel de desgaste que rara vez trasciende a la opinión pública.
Hemos enfrentado presiones brutales. Nos hemos medido contra gigantes con recursos ilimitados que no han dudado en utilizar tácticas de acoso, campañas de difamación, espionaje corporativo y amenazas veladas para intentar destruirnos desde dentro y desde fuera.
Asumir la primera línea de esta trinchera ha significado vivir en un estado de alarma permanente.
El coste para mi vida personal ha sido incalculable. Son incontables las noches sin dormir, los momentos robados a la familia, la tensión constante de saber que cualquier error de cálculo podía dejar a miles de taxistas en la ruina. Ese nivel de estrés tóxico y sostenido durante 13 años acaba pasando una factura implacable. La mente se agota y el cuerpo, inevitablemente, acaba quebrando.
Mi salud se ha resentido profundamente por llevar sobre los hombros el peso de una responsabilidad que muchas veces parecía aplastante.
He pagado, al igual que otros compañeros que lo han dado todo por estas siglas, un peaje físico y emocional altísimo. Las cicatrices de todo este tiempo no están solo en las normativas que hemos logrado cambiar, sino en nuestra propia salud y en nuestra piel.
A pesar de todo, cuando miro las calles y veo que el taxi de Barcelona sigue vivo, que somos dueños de nuestro trabajo y que hemos inspirado a trabajadores de toda Europa, sé que cada herida ha valido la pena.
Hemos demostrado que la dignidad no se vende y que la unión, cuando es real, es invencible.
Pero a pesar del cansancio y del dolor, no es el momento de dar ni un solo paso atrás. Estamos en la recta final y hay que continuar. Tenemos que empujar con todas las fuerzas que nos quedan hasta lograr que se apruebe la ley que ya está en el Parlament. Esa ley es la culminación del trabajo de tantos años; es la barrera definitiva.
Vamos a ir hasta el final para darles un jaque mate histórico a estas plataformas que lo pudren todo, que precarizan nuestras vidas, que evaden impuestos y que intentan devorar nuestros derechos y los servicios públicos. No vamos a parar hasta rematar el trabajo y expulsar de una vez por todas a los que han venido a saquearnos. La victoria total está a nuestro alcance.
Seguimos. Y ahora, más que nunca, hasta el final.
Tito Álvarez












